¿PROTEGER O SOBREPROTEGER AL PEQUEÑO COMERCIO?

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Un economista liberal (mejor neoliberal) tiene muy claro que el estado protege demasiados sectores de actividad: «Agricultores, mineros, pescadores, cineastas y pequeño comercio viven gracias a la protección del estado y así, con tanta subvención y protección se limita la competitividad» diría probablemente. Para nuestro economista liberal (mejor neoliberal) con la cultura de la protección el pequeño comerciante tiende a no competir, a no reciclarse y a pedir más y más protección. Así por ejemplo para nuestro economista liberal (mejor neoliberal) cuando una familia abrió en su día un pequeño comercio lo hizo para generar actividad económica, para conseguir una cierta soberanía que le permitiese desarrollarse personal y socialmente pero lo hizo sin mentalidad competitiva, esperando pasar el tiempo a la espera de la jubilación y con suerte de un traspaso final. Para nuestro economista liberal (mejor neoliberal) cuando se produce un relevo generacional suele no funcionar por falta de formación -y evidentemente por no haber leído sus libros- se exige de nuevo una mayor protección. Y así se instaura un círculo vicioso que nos lleva a la parálisis y al fracaso más estrepitoso. Y es que para nuestro economista liberal (mejor neoliberal) cuando se otorga ese proteccionismo se está cometiendo un abuso con importantes consecuencias negativas: se perjudica por ejemplo a miles de trabajadores porque ellos sí deben adaptarse a la movilidad geográfica, a la franja horaria que toque, irse a Brasil a China o Tombouctou; pero es que además -empieza a alterarse levemente nuestro economista liberal (mejor neoliberal)- el proteccionismo al pequeño comercio perjudica a miles de compradores que no pueden entender el porqué no pueden comprar si alguien se lo desea ofrecer -una gran empresa global se entiende. Pero es que además -la indignación de nuestro economista liberal (mejor neoliberal) empieza a ser visible en las facciones de su rostro- la protección al pequeño comercio perjudica a todos aquellos pequeños comercios que sí logran competir con ingenio, innovación, horarios, automatización, inversión y riesgo empresarial. Y es que para nuestro economista liberal (mejor neoliberal) con todo ello y con una buena actitud nada impide -aunque la realidad demuestre todo lo contrario- quitar nada desdeñables cuotas de mercado a Amazon, Carrefour, Apple o Zara. Para nuestro economista liberal (mejor neoliberal) hay un problema de aceptación de las reglas de juego, el libremercado, que los pequeños comerciantes no parecen querer ver o aceptar. Para él, la cosa es bien sencilla: «hay que liberalizar tanto como se pueda, ampliar horarios más allá de las 24 horas si se puede» porque nuestro economista liberal (mejor neoliberal) tiene grabado en su despacho universitario que la libertad comercial implica mayor competencia y mayor libertad. Aunque nuestro economista liberal (mejor neoliberal) no es tonto y sabe que la libertad de competencia provocará el cierre  de muchos comercios que no podrán o sabran competir, está convencido que vale la pena porque aquellos que reaccionen serán más fuertes. Y es que para nuestro economista el mundo mercantil no es para débiles, ni viejos, ni lentos, porque como suele repetir «proteger algo débil con una cerca es el primer paso hacia su extinción, no hacia su supervivencia».

Es probable que algunas reflexiones de nuestro economista liberal (mejor neoliberal) deban tomarse en serio. Por ejemplo la necesidad de mejorar cada día, de adaptarse a nuevas realidades, de esforzarse para lograr objetivos… Sin embargo sería bien interesante ver a nuestro economista liberal (mejor neoliberal) poner en práctica sus ideas. Es decir creando un pequeño comercio. Es probable que después de darle muchas vueltas, de valorar la idea de negocio, la logística, el mercado pontencial, los costes fijos, los permisos y licencias, el horario, la necesaria digitalización, la incertidumbre, la competencia en el mercado digital o la competencia de los grandes operadores y viendo especialmente el margen de beneficio potencial, nuestro economista liberal (mejor neoliberal) decidiese aparcar la idea y seguir con sus libros. Quizás nuestro economista liberal (mejor neoliberal) estuviera empezando a vislumbrar que el librecomercio es un mito. Con el tiempo quizás profundizaría en ello y llegaría a la conclusión que el librecomercio es una idea atractiva porque evoca libertad pero que en realidad sirve y ha servido históricamente más bien para justificar los intereses de determinadas empresas en un determinado mercado competitivo. Por ejemplo como bien explica Ha-Joon Chang el crecimiento de los países actualmente industrializados no se ha conseguido con un régimen de libre comercio sino al justo al contrario mediante un fuerte proteccionismo de sus empresas. El mercado sin duda es competitivo, incluso conflictivo, pero no es libre. O almenos no lo es para los pequeños comerciantes que no tienen la capacidad -o la libertad si se prefiere- que sí tienen las grandes empresas globalizadas para tratar de múltiples formas regular y controlar a la competencia, por ejemplo pregonando el librecomercio por un lado mientras por otro se defiende una férrea política de patentes que proteja la exclusividad de ciertos productos en beneficio de grandes empresas oligopolistas globales, por no hablar del proteccionismo aplicado a la indústria del automóbil o incluso a instituciones financieras causantes de flagrantes casos de negligencia o directamente de malversación de fondos.

Vista la experiencia frustrada de apertura de un pequeño comercio quizás nuestro economísta liberal (mejor neoliberal) igualmente llegaría a la conclusión que no tiene mucho sentido discutir sobre libre comercio versus proteccionismo. Nuestro economista liberal (mejor neoliberal) quizás llegaría entonces a la conclusión que la cuestión no es proteccionismo sí o no, sino qué debemos proteger y que no. Después de la experiencia fallida quizás entonces nuestro economista liberal (mejor neoliberal) llegaría a la conclusión que es necesario apostar por una economía de mercado estrecha y democráticamente regulada que potenciase y distribuyese la capacidad real de producir riqueza otorgando cuando más libertad de competencia mejor a aquél que menos tuviera. Otorgar mayor capacidad para competir a aquel que tiene menos, no por su incapacidad o falta de voluntad sino simplemente por su condición de pequeño comercio, de disponer de menor capacidad para aprovechar economías de escala y bajar precios.  Quizás entonces nuestro economista liberal (mejor neoliberal) entendería que una cosa es proteger y la otra sobreproteger, que la clave está en estimular la iniciativa empresarial, la innovación y lo que haga falta pero protegiendo al pequeño comercio para que pueda desarrollarse en ese sentido y pueda dejar de tener la sensación que todo esfuerzo es en balde mientras cierto liberalismo (en realidad neoliberalismo) se dedique a poner alformbras rojas a los grandes operadores.


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Roger Sunyer es politólogo (UAB) y Máster en Dirección Pública (ESADE). Impulsó la introducción de la Banca Ética en Catalunya con la fundación de FETS - Finançament Ètic i Solidari. Es consultor de economía social, cooperativa, colaborativa y gestión pública, profesor de la "Nueva economía urbana" a los programas de Ciudad y Urbanismo de la UOC, autor de ensayos: Hacia una economía ciudadana y El Turismo ciudadano y sus enemigos. Y libros de ficción (catalán): El dilema existencial de Gerard Maler (en catalán) y Contes breus, brevíssims, d'escletxes i atzucacs (en catalán) | Twitter: @rogersunyer