OTRO MUNDO (NO) ES POSIBLE

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Nuestro mundo está lleno de capitalistas codiciosos y sin conciencia alguna, de gente sin escrúpulos, de personas que consideran que las guerras son inevitables e incluso necesarias; de personas que consideran la desigualdad social como algo natural; de personas que defienden la necesidad de disponer de armas nucleares; defensores de la pena de muerte o de la necesidad de bloquear las fronteras a los que no son de aquí –aunque sean del mismo planeta-; de personas que legitiman la violencia o que duermen perfectamente pese a cometer daños personales, sociales o ambientales irreparables; nuestro mundo  está repleto de personas que se burlan del cambio climático, que les importa un bledo lo que pase más allá de su generación o incluso más allá de su estricto círculo personal o familiar; nuestro mundo está lleno de personas que siguen pensando que hay religiones buenas y religiones malas, de personas que consideran que el problema del mundo es el capitalismo -luego sin capitalismo debemos suponer que todo iría perfectamente…- o incluso de personas que siguen pensando que Ronaldo es mejor que Messi. Sí, el mundo, nuestro mundo, está lleno de todos estos tipos de gente. No són ni cuatro, ni cuatro mil, sinó centerares o incluso miles de millones. Este es nuestro mundo, nos guste más o nos guste menos.

Y pese a la evidencia hay personas que ya desde bien antiguo insisten en que otro mundo es posible. Otro mundo es posible para el mundo católico más tradicionalista que vislumbra aún la idea de un paraíso, un mundo donde el mal no tiene cabida, donde el amor domina todas las facetas de la vida y la felicidad reina en todas partes. Ya en el año 300 DC el desierto de la Tebaida, en Egipto, estaba habitado por más siete mil personas practicando una vida de pobreza y abstinencia sexual huyendo de una humanidad apegada obsesivamente a lo material y a lo físico¹. Pero no solo el mundo católico, casi dos mil años después de los eremitas de la Tebaida sigue siendo común la práctica de buscar refugio espiritual e intelectual en multitud de plataformas civiles ateas proclaman a viva voz que otro mundo es posible. Tanto unos como otros parten de la creencia que en el mundo hay «cierto error original específico que una vez subsanado erradicará en todo o en buena parte la inhospitalidad del medio físico»².  Para unos el error proviene del Pecado Original, para otros el error es el Capitalismo, para otros lo es el Liberalismo que ha logrado penetrar y diluir todas las instituciones tradicionales (Iglesia, Estado, família…), para otros en cambio el error reside en el consumismo desenfrenado… En todas y cada una de estas personas hay la convicción que hay algo en los fundamentos de nuestra sociedad que no funciona y que por lo tanto debemos cambiar. ¿Cómo? Fácil: agrupando a las víctimas de ese mal funcionamiento, a los «Bienvaventurados los pobres de espíritu, los humildes y afligidos» (Mateo 5:3-5) en los que sintonizen con la lógica católica y a los explotados y victimas de la sociedad actual entre los que comulguen mejor con una la lógica anticapitalista. Así los líderes de unos y otros trata de agrupar a cuantos más descontentos mejor, ofreciendo un antìdoto único, una solución, una esperanza que haga más llevadera la retahíla de injusticias, de maldades y crueldades actuales. La condición es formar parte de la comunidad de descontentos³, seguir las pautas y los procesos pertinentes que establece la jeraquía de la comunidad de insatisfeschos, reproducir el argumentario acerca de los amigos y enemigos de la causa y abandonar -eso sí- toda aspiración al libre pensamiento, al camino individual. Pese a ésta renuncia es comprensible la tentación de aferrarse a la aspiración colectiva de otro mundo y antes que volver al desierto como los antiguos eremitas situarse en una zona de confort: participar asíduamente en grupos de personas que piensan igual que tu; reforzarse con los argumentos que te dan la razón e ignorar los que la cuestionan; alimentar la creencia que otro mundo es posible aunque uno mismo no pueda evitar reconocer que es imposible llevarlo a cabo; compartir la desdicha espiritual con otros para atenuar sus efectos; y especialmente personificar la culpa de todo en una persona, en unas pocas o en algo concreto que pueda identificarse y combatir (por ejemplo, la complejidad nunca podriá ser una buena causa porque ¿Cómo se combate la complejidad?). Es incuestionable la utilidad de todos estos recursos para sobrellevar la angustia de vivir en un mundo tan atroz, constatar que uno no está solo, recobrar esperanzas e incluso autoconvencerse que otro mundo es posible, soñar una nueva alcanzar  sociedad y aspirar algun día a dejar atrás la historia de la humanidad como si fuese un simple mal recuerdo.

Otra cuestión bien distinta es la utilidad práctica que tienen dichas plataformas y movimientos para cambiar las cosas en este mundo, para participar en las organizaciones que rigen este mundo, para influir en las dinámicas sociales, económicas y políticas reales de este mundo. Quizás debamos recordar por ejemplo que la primera industria del mundo es la de la droga, que la segunda es la de la prostitución y que la tercera es la del amamento; que se calcula decenas de miles de personas mueren cada día de hambre o que en nuestro mundo cada día 1000 mujeres son violadas. Sin duda, el reto de reducir al mínimo estos datos es complejísimo y requiere de un trabajo ingente en organizaciones internacionales, en parlamentos, en empresas, en universidades, en casa, en la calle, en todos los sitios donde se puede hacer algo. Se trata de un trabajo anónimo, discreto y autónomo, que por suerte ya realizan miles de millones de personas en nuestro mundo: padres, madres, técnicos, políticos, empresarios, maestras, fontaneros o repartidores. Se trata de un esfuerzo colectivo no dirigido por nadie y construido a base de pequeños avances, de pequeñas conquistas.

Las recompensas son a veces tan raquíticas que se comprende la tentación de dejarlo todo y dedicarse a soñar otro mundo. Y también se entiende quien decide aprovecharse de ello y dedicarse a agrupar descontentos sumándolos al sueño de otro mundo. El problema es que mientras se dibuja el escenario de ese otro mundo posible, mientras se inflan las expectativas y se genera ilusión con todo lo que algun día se pudiera conseguir, el mundo de aquí, el nuestro, sigue su curso, con sus bondades y con sus maldades avanzando o retrociendo, con sus bondades y sus maldades. Quizás por ello deberíamos invertir más nuestros esfuerzos en ver el mundo tal y como es y menos en como debería ser. Más que alimentar creencias consoladoras que tienden a paralizar o deslegimitizar todo aquél que prefiere soñar menos y practicar más, deberíamos valorar más la política de los hechos, la de los avances graduales que aunque sean pequeños forman parte de la Realidad y no del Sueño, la dedicación diaria de los convencidos que otro mundo no es posible porqué de mundo solo tenemos éste, el ingente esfuerzo de millones de personas que mejoran nuestro mundo en silencio y sin grandilocuencias, y a menudo incluso padeciendo un cierto desprecio de los soñadores que siguen considerando sus logros insuficientes y miserables al lado del mundo nuevo al que ellos aspiran y que, aunque aún esté por venir, cuando lo haga será definitivamente perfecto.

¹ Mircea Eliade: Historia de las creencias e ideas religiosas, Ediciones Cristiandad, Madrid, 1983.

² ³ Antonio Escohotado: Los enemigos del comercio, Barcelona, Espasa, 2012.


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Roger Sunyer es politólogo (UAB) y Máster en Dirección Pública (ESADE). Impulsó la introducción de la Banca Ética en Catalunya con la fundación de FETS - Finançament Ètic i Solidari. Es consultor de economía social, cooperativa, colaborativa y gestión pública, profesor de la "Nueva economía urbana" a los programas de Ciudad y Urbanismo de la UOC, autor de ensayos: Hacia una economía ciudadana y El Turismo ciudadano y sus enemigos. Y libros de ficción (catalán): El dilema existencial de Gerard Maler (en catalán) y Contes breus, brevíssims, d'escletxes i atzucacs (en catalán) | Twitter: @rogersunyer