EL «VECINISMO» O LA APROPIACIÓN PRIVADA DE LA VOZ CIUDADANA

441
  • 86
  •  
  •  
  •  
  •  
  •   

Nuestras democracias representativas a través de una oferta limitada de partidos políticos se encargan de agrupar la pluralidad política y tratar así de reflejar mínimamente la complejidad política que encontramos entre los millones de vecinos y vecinas de una ciudad determinada. Pese a ello a menudo el proceso democrático electoral no logra adecuadamente representar todos los matices de la pluralidad ciudadana y por ello parece razonable que se complemente con mecanismos y procedimientos que permitan a los ciudadanos participar, formar parte del desarrollo de la ciudad de modo continuo, durante los años que dura una legislatura. Un buen ejemplo lo encontramos en la proliferación de reivindicaciones vecinales para todo tipo de cuestiones sociales, económicas y políticas que se dan en la ciudad a lo largo de un mandato. La movilización ciudadana es por lo tanto conveniente y necesaria para visualizar reivindicaciones que pueden haber quedado ocultas o desatendidas.

Igualmente fundamental es sin embargo tratar de evitar la instrumentalización de lo vecinal. Esta se da cuando por ejemplo hay quien se obstina en defender un posicionamiento político o social bajo la etiqueta los vecinos y las vecinas. Y es que usar el artículo los puede promover una cierta confusión y proyectar la impresión que todos los vecinas y todas las vecinas apoyan una determinada reivindicación. Puede que en algún caso sea así pero entonces deberíamos entender que previamente se ha preguntado o consultado a todos y cada uno de los vecinos de un barrio en concreto, de un distrito o de la ciudad entera. Igualmente deberemos suponer entonces que después de preguntárselo se ha obtenido la legitimación necesaria para representar la voz de todos los vecinos del mismo modo que en una democracia representativa el alcalde o el jefe de estado acepta su cargo de representación aunque todos sepamos -y también él- que no todos los ciudadanos le votaron y que hay quién opina de forma diametralmente opuesta a él. De no ser así lo razonable es que cualquier plataforma vecincal se presente públicamente a sí misma bajo el título de algunos vecinos o si se refiere un grupo de vecinos o del número exacto de vecinos a los cuales representa. Por pequeño que este sea no quita la importancia y la legimitidad de cualquier plataforma a defender y sus intereses particulares sean o no orientados al bien común. Se trata simplemente de ser honestos y reconocer que se defiende una parte, que hay otra parte, otra buena parte o quizás incluso la mayoría que no tiene la misma opinión o incluso puede pensar justamente lo contrario a lo que una plataforma de vecinos determinada defiende. Se trata de no confundir la voluntad general con la voluntad de todos y cada uno de nosotros. Pero hay otra forma de instrumentalización más grave cuando -consciente o inconscientemente- cierto se impone cierto discurso vecinal que establece una línea divisoria entre los de aquí y los de fuera, otorgando legitimidad a los de aquí, a los nuestros para quitarsela lógicamente a los otros, a los de fuera, a los que no son de aquí. Así de una forma más o menos subliminal y automática se opone los vecinos a los no-vecinos, a los que són de aquí frente a los que no lo són, o frente al capital, a lo mercantilizado o directamente, a los extranjeros, a los no-residentes, los turistas o los inmigrantes… Ciertamente el riesgo de crear dinámicas excluyentes, xenófobas o turistofóbicas es evidente como lo es el de establecer legitimidades ciudadanas de primer, segundo o tercer rango en función de la residencia permanente de cada cual. No en bano el discurso del vecino de aquí frente al de fuera presupone que el vecino de aquí está dotado de toda suerte de virtudes ciudadanas (respeto, educación, civismo, compromiso ciudadano…) mientras el de fuera es un incívico, no construye ciudad sinó que la destruye y además es causante de prácticamente todos los males de la ciudad (el inmigrante porque quita nuestro trabajo, el turista porque invade nuestra ciudad y nos quita nuestros pisos, el residente temporal porque aumenta el precio de los pisos, etc…).

Afortunadamente hoy en día una ciudad globalizada con millones de habitantes yendo y viniendo, donde el concepto de residencia está cambiando a gran velocidad y la frontera entre los que son de aquí y no lo son se diluye a cada día que pasa, la realidad se impone y hará inútiles los esfuerzos por segmentar las ciudadanías por cuestiones de origen y años de residencia. Para desgracia de los promotores del conservador discurso de la ciudad para sus vecinos y vecinas (solo para los de toda la vida, para los buenos, se entiende) pronto quedará del todo desdibujada la dualización entre vecinos de toda la vida y los nuevos perfiles de vecinos (y malos, claro), los turistas, los que vienen a vivir una semana, un mes, un año, los que viven aquí y allá, los que van y vienen, los que viven en todas partes, los extranjeros en general… El conservador discurso del vecino de toda la vida quedará pronto obsoleto aunque ya no tenga sentido hoy mismo porque  la ciudad es por definición pura mezcla, mestizaje, de personas, de procediencias, es intercambio, comercio, mobilidad y libertad: hay vecinos que no les gustan los coches; hay otros en cambio que no soportan las bicicletas; los hay que no soportan tener que escuchar sí o sí la música del piso contiguo, a otros en cambio les gusta tanto su propio gusto musical que lo quieren compartir a toda costa abriendo las ventanas de par en par o subiendo al máximo el volumen de su móbil.Pocas cosas hay más evidentes en nuestras ciudades respecto a la diversidad de gustos, de actitudes, de caracteres y de temperamentos. Por ello el término vecino o vecina (del latín vicīnus, de vicus, barrio, lugar) se limita tradicionalmente a señalar lo que sí tienen en común esa diversidad y pluralidad de personas y que es incuestionable: los vecinos y vecinas son aquellas personas que viven relativamente cerca las unas de las otras, pudiendo vivir en casas contiguas o simplemente habitan un mismo barrio.

Si nos adentramos en cuestiones polIticas la diversidad y pluralidad vecinal no cambia mucho: los hay de izquierdas y de derechas, de centro, de izquierda con actitudes abiertas y cerradas, de derechas liberales y abiertas y de más conservadores y así hasta el infinito cuando mezclamos identidad política con carácter y temperamento. Las ciudades se construyen y se configuran gracias al esfuerzo cotidiano y anónimo de sus  ciudadanos, a través de sus trabajos, de sus empresas, de sus impuestos, de sus voluntades, de sus aspiraciones. Son los millones de interacciones que se establecen en los centros formativos, en los espacios de actividad económica, de actividad lúdica donde se construye la ciudad. En un ir y venir constante, la gente va y viene, participa de la ciudad, a veces unas horas, a veces unos días, semanas años o la vida entera. Las ciudades se han configurado desde siempre gracias a la gente que viene de todas partes para hacérsela también suya. Da igual el como empieza esa relación, desde que pisa sus calles y sus plazas, desde que uno quiere verla, conocerla, dormir en ella, trabajar en ella, vivir en ella por unas horas, unos días, unos meses o la vida entera, debe poder ser considerado ciudadano en pie de igualdad con el resto. Todas las personas cuando pisan una ciudad deben poder mantener sus atributos ciudadanos y no deberían ser considerados de segundo rango respecto a los que llevan más tiempo residiendo allí. Se trata de aceptar la mobilización ciudadana en todo el mundo y tratar de gestionar lo mejor posible sus efectos negativos o contradicciones cuando las haya. Por ello cualquier vecino -de toda la vida o de hace tan solo una semana-, debería poder tener el derecho a expresar, defender un determinado interés particular que considere mejorará su situación y/o la de todos en conjunto pero una ciudad democrática debería evitar la proliferación de una nueva forma de ideología basada en la apropiación privada por una parte de vecinos (a veces unos pocos, a veces muchos pero nunca todos) de la opinión de todos y cada uno de los vecinos y vecinas de un barrio, de un distrito o de una ciudad; deberíamos ser capaces de evitar la proliferación de una nueva expresión ideológica del populismo: el vecinismo. Evitar la apropación privada y particular de la voz plural ciudadana o incluso en algunos casos directamente de un intento más o menos consciente de eliminar la pluralidad vecinal, la opinión y derecho a la ciudad de todos, incluso de los que quieren estar en la ciudad un rato o tomarse un café mientras contemplan la rápida evolución de las obras de la Sagrada Família.

 


  • 86
  •  
  •  
  •  
  •  
  •   
Artículo AnteriorEL CATASTRÓFICO DISCURSO DE LA MERCANTILIZACIÓN DE LA CIUDAD
Siguiente ArtículoOTRO MUNDO (NO) ES POSIBLE
Roger Sunyer es politólogo (UAB) y Máster en Dirección Pública (ESADE). Impulsó la introducción de la Banca Ética en Catalunya con la fundación de FETS - Finançament Ètic i Solidari. Es consultor de economía social, cooperativa, colaborativa y gestión pública, profesor de la "Nueva economía urbana" a los programas de Ciudad y Urbanismo de la UOC, autor de ensayos: Hacia una economía ciudadana y El Turismo ciudadano y sus enemigos. Y libros de ficción (catalán): El dilema existencial de Gerard Maler (en catalán) y Contes breus, brevíssims, d'escletxes i atzucacs (en catalán) | Twitter: @rogersunyer