¿LA ADMINISTRACIÓN PÚBLICA DEBE CONTROLAR O IMPULSAR LA INICIATIVA CIUDADANA?

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Administración pública

La metáfora del cuerpo humano utilizada para describir el estado o una comunidad política determinada viene de lejos como bien explica el reconocido medievalista Jacques Le Goff¹.

Platón por ejemplo definió su ciudad ideal de acuerdo a un modelo organicista, distinguiendo y separando la cabeza (el filósofo rey) del vientre (los agricultores) y de los pies (los guardianes). La cabeza era para los romanos igualmente -como para la mayor parte de los pueblos- la sede del cerebro, órgano que contiene el alma, la fuerza vital de la persona que ejerce en el cuerpo la función dirigente.

En la Edad Media el Policratus de John Salisbury (1159) desarrolla la idea del Estado (la República) como si fuera un cuerpo: el Príncipe ocupa el lugar de la cabeza junto con los hombres honorables de la sociedad (jueces, representantes de la administración representados por boca, orejas o lengua…). Esa asociación tan común en el espacio y el tiempo explica probablemente la afición tan extendida entre todo tipo de pueblos, de la decapitación, utilizada para aniquilar y/o apropiarse segun los casos de la personalidad de una víctima o enemigo. 

Las distintas categorías socio-profesionales están repartidas en categorías menos nobles: los funcionarios y soldados, por ejemplo, estan simbolizados en las manos, debido a la poca consideración del trabajo manua. Finalmente en los pies encontramos a los campesinos, la parte más baja del cuerpo humano aunque sea ésta la que lo mantiene de pie y le permite caminar -siempre, claro está, previa indicación del cerebro alojado en la cabeza.

Para variar, los peor localizados son los aquellos que encarnan la economía y, más en particular, la gestión del dinero. Una vez más el pensamiento antiguo y el pensamiento católico-cristiano se unen en este desprecio hacia la acumulación, la gestión de la riqueza o la simple voluntad de procurarse un escenario de independencia económica que procure a su vez libertad y autonomía de pensamiento y de acción. La representación de este colectivo queda por ello situada en los pliegues innobles del vientre y de los intestinos, en un lugar dregradante, caldo de cultivo tanto de enfermedades como de vicios…Administración pública 2

Es comprensible en el siglo XII, una metáfora de éste tipo. Lo sorprendente es que pese a la infinidad de cambios sociales, culturales, tecnológicos acontencidos desde entonces, podamos constatar como en pleno siglo XXI pervive en amplios sectores sociales (políticos y académico-intelectuales especialmente) de la sociedad dicha mentalidad organicista.

Así por ejemplo pervive la mentalidad según la cual los ciudadanos deben ir a remolque de lo que los poderes públicos decidan.

Y es que si la sociedad actual fuera un cuerpo humano probablemente una mayoría seguiría considerando que los poderes ejecutivo, legislativo o el gobierno municipal junto con sus órganos paralelos (jueces, políticos, partidos, intelectualidad académica corporativa) representan la cabeza, el ámbito donde se piensa.

En ésta línea los funcionarios públicos (judiciales, técnicos, polícias) quedarían situados en las manos, destinadas a ejecutar lo que la cabeza ha pensado y decidido.Y probablemente en los pies seguiríamos ubicando a los ciudadanos suficientemente ocupados en las tares de emplearse, conseguir medios de subsistencia y proveerse de espacios y momentos de placer personal más que en ponerse a reflexionar sobre metafóras del cuerpo político. 

Los empresarios o cualquiera que genere dinero por cuenta propia (proporcionalmente en la medida que se apropie de más y más recursos) seguirían estando ubicados en los riñones, seguirían mal considerados, en la medida que suelen amplificarse los casos de malas prácticas y obviando al mismo tiempo la necesidad de la iniciativa empresarial para la generación de riqueza. 

Cierto es que la moda del participacionismo trata de corregir la pervivencia de la metáfora del cuerpo político medieval, generando mecanismos y procesos que coordinen pies y cabeza, pero no cuestiona la estructura fundamental del modelo básado en la metáfora, donde la cabeza sigue siendo la que piensa y decide, y el resto del cuerpo quién se limita a seguir órdenes.Administración pública

En una economía ciudadana dicho modelo organicista tendría sin embargo una representación inversa:

Los pies probablemente deberían estar representados por las empresas (micro, pequeñas, medianas o grandes) en la medida que, más allá de los casos de malas prácticas éticas, empresariales o directamente de corrupción, son el sustento para la generación de riqueza, lo que aguanta el peso del cuerpo social. La cabeza debería ser el espacio reservado a los ciudadanos, a la infinidad de iniciativas sociales, culturales, artísticas y económicas que se dan en una comunidad política y que en un sistema democrático ni se pueden ni se debe trata de controlar.

¿Cual sería entonces la función orgánica de los poderes públicos? 

Sin duda los poderes públicos junto con el gigantesco cuerpo administrativo (representantes políticos y funcionarios públicos de todos los ámbitos, desde tributarios hasta educación, sanidad, seguridad o justicia) deberían estar simbolizados por las manos, como espacio dedicado la función ejecutiva, a la obligación de manipular positivamente las ideas generadas por la cabeza y darles tránsito real. 

Si consideramos el cuerpo político así, la consecuencia lógica es que los gobiernos (sean estatales o locales) deberían estar obligados a centrar toda su energía de forma exclusiva a concretar formas regulatorias satisfactorias de la iniciativa ciudadana. Los gobiernos deberían tener el deber y la obligación de dar cabida legal, dar forma a la iniciativa ciudadana siempre por delante de la función administrativa. El reto de una administración pública debería está por lo tanto orientada a dar soluciones a la infinita e incontrolable inventiva ciudadana.

En la Edad Media el Estado (la cabeza) lo pensaba todo. Lo decidía todo. Incluso la vida y la muerte de sus súbditos. En el siglo XXI es obvio que la administración pública ha perdido cualquier atisbo de monopolio del conocimiento y, aunque perviven las dinámicas de querer controlar la incontrolable iniciativa ciudadana, es una evidencia que vemos todos los días la imposibilidad de conseguirlo.

En un contexto de procesos y cambios tecnológicos vertiginosos por lo tanto, en en escenario global con complejos y continuos procesos de fusión y mestizaje social, cultural y económico, la administración pública debería abandonar de una vez por todas el modelo organicista medieval y tratar de adaptarse cuanto antes a un mundo en cambio continuo y progresivamente acelerado.

Un reto de tal magnitud no debería igualmente dejar tiempo alguno para la practica de políticas cortoplazistas de culpabilización o demonización. Ninguna energía debería desaprovecharse. Todo debería invertirse simplemente en tratar de ser capaz de administrar positivamente los resultados de la inagotable imaginación ciudadana. Sería sin duda una forma de democratizar el poder social y económico.

De lo contrario ciertos poderes lo tienen demasiado fácil para perpetuarse, limitandóse a controlar todo el cuerpo social, en beneficio propio, simplemente con la capacidad de mantener o cortar la cabeza cuando se les antoje, o mejor dicho, cuando a sus intereses les convenga.

 

 

¹ Jacques Le Goff y Nicolas Truong, Una historia del cuerpo en la Edad Media, Barcelona, Paidós, 2005.

 

 


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