EL NUEVO RETRO-PROGRESISMO

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Una idea se considera progresista cuando puede facilitar que el presente progrese en relación a una época pasada considerada más primaria, más difícil, más ignorante o más injusta. Ante un pasado y un presente que debe mejorarse el progresismo reclama tradicionalmente la mejora contínua a través de la innovación personal, social, económica, política y cultural.

Es por ello que el progresismo nació como patrimonio de los defensores de la libertad en todos sus ámbitos: en el personal, el sexual, el artístico, el cultural, el de pensamiento, el político o el económico. El progresismo fue así impulsado tanto por los liberales de izquierdas -más proclives en principio a un papel activo del Estado para compensar las menores capacidades/oportunidades ajenas y distribuir libertad-, como por los liberales de derechas -más proclives a dotar papel menor del estado ante el riesgo de coarción respecto a la libertad de los ciudadanos. Entre este gran espectro donde podríamos incluir tradiciones opuestas pero unidas por el hilo conductor de la democracia como mecanismo de gestión pacífica de la diversidad ideológica, el progresismo ha construído su camino con la mirada siempre puesta en un futuro que debía ser siempre mejor que el presente… Desde la Ilustración se trataba de transformar el mundo, de mejorarlo, a partir de la difusión de conocimientos dotando a los seres humanos de los medios intelectuales necesarios para llevar a cabo este cambio ante las enquistadas instituciones tradicionales. El progresismo apela por tanto a todas aquellas personas que quieren superar tanto las estructuras políticas como mentales de una sociedad determinada, no enquistándose en la demonización del presente sinó más bien procurando aportar las mejoras individuales y colectivas posibles preservando los difíciles equilibrios en una sociedad plural y diversa: apostar por ejemplo por la extensión universal de la educación, de la sanidad, por una mayor distribución de la riqueza, por una mayor distribución de la capacidad para crearla esforzándose por encontrar el equilibrio entre igualdad y libertad, o tratar de aprovechar tanto como sea posible las innovaciones técnicas y tecnológicas para mejorar en general las condiciones de vida de las personas.

Sin embargo en la actualidad parece expandirse un tipo de progresismo que reclama cambiar el presente -que se considera negativo, desigual e injusto-, más que mirando hacia adelante girando la mirada hacia atrás recuperando todo tipo de valores pasados, épocas superadas donde sin embargo se considera que todo era mejor que ahora: es el retro-progresismo. Con el retro-progresismo de lo que se trata es de recuperar las relaciones humanas de antes; de devolver la ciudad a sus vecinos; de reconquistar el espacio público; retomar la autoridad paternal perdida; la de los maestros; el respeto de antaño; la buena educación de antes; que niños y niñas vuelvan a jugar en calles y plazas; de recuperar el tejido económico local; las tradiciones; la cultura de la buen comer y todo un sistema de vida que desde el Neolítico -como mínimo- hemos ido perdiendo. Ante un pasado idealizado donde la fraternidad y la humanidad dominaban las relaciones personales y sociales se opone un presente y sobre todo un futuro oscuro donde más allá del cambio climático -que me temo sí es bien real-, todo se mercantiliza, todo se individualiza y todo adquiere una tendencia tenebrosa: la tecnología nos domina y nos despersonaliza; la economía también; las multinacionales acaparan y acabarán por homogeneizarlo todo, el futuro es oscuro, negro, trágico, de modo que la única vía para tener esperanza es recuperar todo lo bueno que hemos perdido, la mejor manera de avanzar es retroceder, decrecer para crecer, recluirse para liberarse.Ciertamente el panorama retro-progresista es desolador.

Sin embarg -y más allá de la amenaza real del cambio climático-, si se levanta la mirada y se toma una cierta perspectiva histórica se puede constatar que el retro-progresismo no suele reivindicar fechas concretas. En la denuncia del capitalismo industrial por ejemplo no se reclama volver al escenario del siglo XVII donde las relaciones económicas eran totalmente dominadas por terratenientes y aristócratas, y mucho menos se habla de recuperar el sistema feudal con todas sus consecuencias (semiesclavitud, derecho de pernada hasta finales del XV entre una larga lista de dominaciones). En cuanto a las ciudades se denuncia la creciente mercantilización urbana pero no se pide volver a las ciudades previas al nacimiento del urbanismo donde el chabolismo, la insalubridad y la ausencia de espacio público era total; se critica el turismo de masas pero nadie está dispuesto a renunciar a su viajecito -por modesto que sea-, ni a volver a las épocas pasadas cuando sólo cuatro ricos disfrutaban de vacaciones; se denuncia el peso de las multinacionales pero nadie reclama volver a las condiciones socioeconómicas del XIX previas a la gran industrialización; se alaba el empuje revolucionario francés pero poco se cita que la gente allí se moría literalmente de hambre; se demoniza la globalización pero nadie quiere volver a los sistemas prácticamente autárquicos de la alta edad media.

Ciertamente, el presente sigue necesitando mejoras, muchas mejoras, como siempre. Y por eso sigue siendo necesaria una mirada progresista que más allá de empeñarse en tratar de frenar en vano la innovación tecnológica o querer dirigir el impulso social que no controla nadie, tenga la habilidad y la sabiduría suficiente para aprovecharse de ella y transferirlo para una contínua mejora individual y colectiva. Ello requiere de una mirada abierta y de largo alcance, superar el miedo y el vértigo al cambio, adaptarse al cambio acelerado y salir de la zona de confort intelectual y del conservadurismo creciente, del querer que todo se detenga. Superar una vez más el miedo a la libertad. Al fin y al cabo el problema del retro-progresismo es que la reivindicación de un pasado idealizado lo hace estéril porqué las fuerzas reales y presentes siguen actuando mientras la desesperanza se recluye en la indignación, la queja y la nostalgia de un pasado que nunca volverá porqué probablemente y sencillamente nunca existió.


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