«YO NO ESTOY EN CONTRA DEL TURISMO, PERO…»

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En cualquier sociedad democrática siempre existe un grupo de irreductibles xenófobos y racistas que pese a las condenas políticas y morales insisten en su discurso culpabilizador hacia un segmento de la población al que achacan el origen de todos los males sociales presentes. Cuando el bienestar social y económico está mayoritariamente extendido es improbable que tales simplificaciones funcionen y se expandan. Sin embargo cuando aparece un período de crisis –o éste se alarga indefinidamente-, cuando aumenta el paro y se multiplica el malestar social, la probabilidad de que el discurso xenófobo se expanda aumenta exponencialmente junto con la nostalgia de un pasado mejor y la culpabilización del presente desolador hacia un grupo social determinado.

Con el turismo pasa algo parecido. Siempre ha existido entre nosotros una cierta turismofobia: gente que considera que primero son “los de casa”, “los de aquí”, “los del barrio o del pueblo de toda la vida”, gente que mira con aires de superioridad al turista vestido de corto que vaga por las calles, gente que considera directamente imbéciles a los que miran atónitos a la Sagrada Família –aunque ellos luego visiten el Taj Mahal, o la 5a Avenida o el desierto de Atacama-. Como con el racismo, en una sociedad democrática siempre hay una minoria de militantes activos dedicados a promover la distinción entre “los que son de aquí y los que no lo son”, nostálgicos de una ciudad pasada, idealizado, donde todo era mucho mejor. En épocas de bonanza tampoco suele ser un problema digno de consideración. Así, en Catalunya por ejemplo la presencia de millones de turistas en la Costa Brava no ha sido tema de conflicto diario, ni tampoco la masificación turística barcelonesa del Pirineo y las zonas rurales catalanas. Sin embargo con el estallido de la crisis y todos sus consecuencias sociales y económicas, el turismo ha pasado en poco tiempo de ser una oportunidad a un problema de primer orden.

Hace casi veinte años, en un artículo que pedí al sociólogo Patrick Champagne éste explicaba, al respecto del auge del Frente Nacional en Francia, como en las múltiples entrevistas realizadas muchos eran los que usaban la expresión “yo no soy racista, pero…”. Según Champagne ello era una forma de queja de aquellos que estaban menos dispuestos a sucumbir ante las ideologías racistas pero que no podían negar lo que para ellos era una evidencia, es decir, que las poblaciones “problemáticas” eren, de hecho, poblaciones étnicamente determinadas: “siempre los magrebíes”, “siempre los africanos” “son los que nos hacen la vida imposible”. Decía entonces Champagne que sí se quería frenar el Frente Nacional lo más astuto era entrar de lleno en el análisis de ese “pero”. Ese “pero” merecía ser escuchado porque expresaba una realidad compleja que debía ser atendida para evitar la tentación de caer en el simplista y manipulador discurso racista.

En Barcelona también es cada vez es más común la expresión “no estoy en contra del turismo, pero…”. Cuando alguien utiliza dicha expresión señala igualmente que no se quiere sucumbir a la banalización de la turismofobia. Consciente o inconscientemente ese matiz «pero» está expresando una voluntad de distinguirse de actitudes nativistas, de la turismofóbia creciente, pero al mismo tiempo no quiere negar lo que para él es una evidencia: que la ciudad está en manos de los turistas; que la ciudad está en venta; que todo es para los de fuera y que los turistas y los extractivistas que se aprovechan de ello están expulsando a los barceloneses de la ciudad. Del mismo modo que en el caso descrito por Champagne respecto a racismo, este “pero” debe ser escuchado, comprendido. Es comprensible por ejemplo que alguien que no encuentre alquiler a buen precio se enerve, también que lo haga quien sufre molestias reiteradas por unas vecinos ocasionales, como es lógico que se indigne y se rebele quien sufra mobbing inmobiliario o quién conozca alguien que lo haya sufrido.

Una vez escuchadas las quejas, los agravios, deben emprenderse medidas antes que el matiz “pero” sucumbe definitivamente ante la tentación turistofóbica. Un liderazgo público que quiera fomentar el turismo como oportunidad debe por lo tanto proteger y eliminar cuanto antes cualquier práctica de mobbing inmobiliario; exigir el cumplimiento de la normativa cívica a cualquier residente de la ciudad –sea de aquí o sea de más allá; facilitar el acceso a la vivienda mediante una amplia oferta pública; explorar todo tipo de colaboraciones y sinergias con operadores del sector o invertir ingentes esfuerzos en pedagogía explicando por ejemplo que los precios de los alquileres de Barcelona se disparan fundamentalmente porque Barcelona es una ciudad atractiva a nivel mundial; que hay un creciente desequilibrio entre oferta limitada y demanda creciente (de turistas, de catalanes que vienen a vivir a Barcelona, de residentes internacionales,…); que en los años 70 Barcelona no era atractiva y en cambio ahora sí; que hay gente que viene a pasar un día, otros dos, y otros 22 años y que en un mundo cada día más globalizado la distinción entre residentes por tiempo de estancia sera cada día más resbaladiza; que algunos vienen para estudiar, otros para trabajar, otros para vivir porqué trabajan en la nube; que los que antes querían ir a Nueva York, a París o a Berlín ahora también quieren venir a Barcelona; que no hay instrumentos para frenar las visitas; que Barcelona se ha sumado a esa lista de ciudades globales que atraen; que el aumento de la demanda tiene que ver con la situación de Turquia, Egipto o Túnez; que una ciudad como Barcelona debería tener un mínimo del 20% de vivienda pública y no solo el 2%; que aún que se prohíban todos los pisos turísticos los precios del alquiler seguiran subiendo; que aunque se decrete un límite en el precio del alquiler seguirá habiendo discriminación por cuestión de poder adquisitivo; que si la demanda sube, los precios suben; que los primeros gentrificadores fueron los propios barceloneses; que aunque se prohíba todo el turismo éste se expandirá por el área metropolitana y seguirá viniendo al Museo Picasso, a la Barceloneta y a la Sagrada Família; que quizás el turismo sea una oportunidad para abordar la cuestión eterna y pendiente de la ciudad Metropolitana y así hasta un largo etcétera.

Sin duda, todas estas acciones facilitarían hacer un buen diagnóstico de la ciudad y de como podemos gestionar el turismo en beneficio de todos. Pero sobretodo evitaría caer en tentaciones turismofóbicas. Obviamente todo ello requiere inteligencia, cooperación, esfuerzo, humildad y ambición, además de ser conscientes que los resultados no seran visibles sinó a medio y largo plazo. Aunque claro está que siempre habrá quien esté tentado de ahorrarse el abordaje de un fenomeno tan complejo y tomar un atajo, limitándose a la culpabilización como estrategia, enfrentando por ejemplo a residentes permanentes con esporádicos; a vecinos de toda la vida con visitantes de un día; a responsabilizar a una empresa americana de todos los males de la ciudad o directamente a culpar a un segmento concreto de la población de todos los males de un presente desolador. En definitiva contribuir a expandir puro racismo turístico o directamente xenofóbia, el rechazo al que viene de fuera, al que no es de aquí y nos quita lo nuestro, a los de aquí de toda la vida.


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Roger Sunyer es politólogo (UAB) y Máster en Dirección Pública (ESADE). Impulsó la introducción de la Banca Ética en Catalunya con la fundación de FETS - Finançament Ètic i Solidari. Es consultor de economía social, cooperativa, colaborativa y gestión pública, profesor de la "Nueva economía urbana" a los programas de Ciudad y Urbanismo de la UOC, autor de ensayos: Hacia una economía ciudadana y El Turismo ciudadano y sus enemigos. Y libros de ficción (catalán): El dilema existencial de Gerard Maler (en catalán) y Contes breus, brevíssims, d'escletxes i atzucacs (en catalán) | Twitter: @rogersunyer