LA CRISIS DEL COMERCIO LOCAL: TRES RESPUESTAS Y UN DESTINO

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Desde hace años el comercio local ejemplifica como pocos sectores las contradicciones de la globalización: si por un lado ésta supone en principio el acceso a un sinfín de posibilidades (nuevos mercados, tecnología, aprendizaje de experiencias, oportunidades de cooperación, etc) por el otro representa también una de sus mayores amenazas debido al enorme reto de tener que competir con gigantes multinacionales. Ante éste escenario extremadamente competitivo al cuál se suma el crecimiento exponencial del mercado digital, suelen plantearse varias respuestas que podemos agrupar de modo muy esquemático en tres grandes categorías: la liberal, la socialdemócrata y la anticapitalista.

La primera que podría catalogarse de liberal parte de la idea del mercado libre: puesto que estamos en un mercado libre donde rige la ley de la oferta y de la demanda y la de la libre competencia, parece lógico que el objetivo del comercio local sea asumir esa competitividad cuanto antes y trate de adaptarse a la demanda. ¿Cómo? Según la respuesta liberal, la respuesta es fácil. De nada sirve lamentarse así que solo cabe plantearse la mejora continua: mejorar la oferta, cambiándola tantas veces como haga falta, mejorar la logística, la atención al cliente, ampliando servicios, vendiendo también on-line, diferenciándose o todo lo que haga falta para poder competir con mayores garantías de éxito. Si el pequeño comerciante lo consigue es que el mercado funciona porque ha valorado su capacidad de adaptación, pero si el pequeño comerciante es incapaz de competir con Amazon, Apple o Carrefour, también será la prueba evidente que el mercado ha funcionado penalizando su incapacidad para adaptarse. ¡Así es la vida!

Ante la crudeza de ésta perspectiva, la respuesta socialdemócrata remarca lo injusto de ésta perspectiva advirtiendo que en realidad el mercado no es del todo libre. Dicho en otras palabras los distintos operadores no tienen la misma libertad para competir en un mercado determinado. La respuesta socialdemócrata recuerda que en el sistema capitalista el pez grande suele comerse al pequeño, de modo que si queremos preservar el comercio local hay que ayudarle compensando su menor capacidad competitiva. La administración pública por lo tanto, en nombre de todos, del bien común, debe añadir ese plus. ¿Cómo? Impulsando campañas de promoción, ofreciéndole asesoramiento, ayudando a las asociaciones de comerciantes, sensibilizando sobre la necesidad de mejorar como sea la competitividad del pequeño comercio.

Pero todo ello también es insuficiente para la respuesta anticapitalista. En realidad no sirve para nada porque el comercio local simplemente no tiene nada que hacer bajo el sistema capitalista. La respuesta anticapitalista considera que en realidad el sistema político es solo una fachada que sirve para defender los intereses del gran capital, para proteger sus monopolios o para crear nuevos mercados cuando haga falta. Además la lógica de acumulación de capital solo puede favorecer la concentración de grupos empresariales con una capacidad competitiva infinitamente superior a la del pequeño comercio. Por ello la respuesta anticapitalista reivindica la necesidad de crear espacios y dinámicas económicas alternativas no basadas en la lógica del capital: intercambio, monedas alternativas, entidades sin ánimo de lucro, etc…

El problema es que mientras unos y otros discuten sobre las bondades de cada perspectiva el comercio local sigue sufriendo en sus propias carnes la imparable presión de la globalización sin tener claro quien realmente lo defiende ante tales amenazas: la respuesta liberal que insiste día si día también en la mejora continua aceptando sin más la competencia con gigantes dotados de infinitos recursos comparados con un comercio local, parece a menudo una tomadura de pelo; la respuesta socialdemócrata parece igualmente a veces cuanto menos contradictoria, paternalista e insuficiente porque mientras proclama las bondades del comercio local da todo tipo de facilidades para la instalación de grandes operadores comerciales con los que la competencia es cada vez más imposible; la respuesta anticapitalista parece más interesada en promover formas alternativas muy anticapitalistas y mucho menos interesada en promover una economía de pequeños propietarios quizás porqué, al fin y al cabo para ella el pequeño comerciante no deja de ser un pequeño capitalista que persigue el lucro y la obtención de beneficios.

Probablemente la solución no esté en ninguna de ellas en particular sino en una buena combinación de las tres, en una propuesta integral y complementaria que trate de incorporar lo mejor de cada una en una de sola ¿Cómo? Aceptando la propuesta liberal de tener que adaptarse y de competir mejorando la oferta tanto como sea posible; complementándola sin embargo con la exigencia de una administración pública volcada realmente en la defensa del comercio local y tratando de corregir el dominio absoluto de unos pocos grupos corporativos y finalmente, desde la aceptación del sistema capitalista en el que vivimos, la necesidad de democratizar la oferta económica de la ciudad diversificándola y extendiéndola tanto como sea posible a través de una gran red de pequeños y medianos comerciantes. Construir en definitiva desde el sistema capitalista actual una economía ciudadana, avanzando en la perspectiva de la apropiación de los ciudadanos de la actividad económica de la ciudad.

 


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