¡BARCELONA PONTE FEA!

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“Barcelona posa’t guapa” (Barcelona ponte guapa) fue una campaña de comunicación que impulsó el Ayuntamiento de Barcelona en 1985 para fomentar la rehabilitación de edificios y elementos arquitectónicos de la ciudad. La campaña tenía un claro objetivo tangible, incentivar la remodelación y/o limpieza de fachadas y otro intangible, aumentar la autoestima -entonces bien baja- de los vecinos y vecinas respecto a su propia ciudad. No era de extrañar que así fuese considerando el no-urbanismo de la dictadura franquista Unknown-1que después de 40 años que había legado a la nueva democracia una ciudad gris, sucia y desigual. En aquel entonces Barcelona no figurava en el mapa internacional y el turismo brillaba por su ausencia y pocos más que los integrantes de un grupo hetereogéneo de intelectuales y artistas –apodado la gauche divine- eran los que disfrutaban de tanta mediocridad; y es que solo los Vargas Llosa, Garcia Márquez, Barral o Regás –y pocos más- podían transitar a su merced entre la zona alta, rica y glamurosa y el sinfín de rincones decadentes del resto de la ciudad.

Para escapar de lo gris y con una democracia recién estrenada el ayuntamiento impulsó un urbanismo de sentido común, orientado a crear condiciones de libertad e igualdad, generando por ejemplo espacios públicos creativos, creando una red de centros cívicos y culturales en los barrios, de bibliotecas públicas y piscinas municipales o la puesta al día de los mercados municipales. En definitiva se trataba de crear nuevas centralidades, fomentar una ciudad compacta generadora tanto de bienestar individual como colectivo y consolidar la tan preciada cohesión social. Tan indudable es que los JJOO de Barcelona’92 fueron el trampolín perfecto para dicha mejora urbanística como que se evitó la creación de edificios y espacios monumentales y faraónicos priorizando una mejora urbana colectiva, construyendo por ejemplo las rondas o abriendo la ciudad al mar. Es incuestionable que la campaña fue un éxito como prueba que pese la previsión inicial de finalizarla en 1992, el gobierno de Pasqual Maragall aprobó una prórroga que se ha alargado hasta nuestros días. A lo largo de 30 años se han rehabilitado más de 27.000 edificios, un tercio del total de la ciudad y una inversión cercana a los 100 millones de euros.

Sin embargo que fuera una campaña exitosa no equivale a pensar que todo está resuelto en Barcelona. Ni mucho menos. Disfrutar la ciudad no nos exhime de tratar de mejorarla aunque tampoco el esfuerzo por tratar de mejorarla deberia coartarnos el derecho a disfrutarla, a alabar sus mejoras y gozar de su espectacular evolución. Crítica y satisfacción deberían ser compatibles en nuestra vida cotidiana y más si aceptamos que el equilibrio perfecto nunca lo tuvimos y nunca lo tendremos. Y es que parafraseando a Richard Sennet la ciudad es un cuerpo vivo, en constante evolución a la que no se puede pretender encerrar en un modelo cerrado y perfecto. La ciudad -como la vida- es una contradicción permanente entre logros y fracasos, avances y retrocesos donde tanto la gestión pública como la privada deben poder contribuir a resolver esas contradicciones tratando de buscar los equilibrios entre la libertad individual y la colectiva en un proceso ad eternum.FullSizeRender-4 (1)

Sin embargo treinta años después parece que la dinámica positiva se va desvaneciendo y se consolida un cierto run-run instalado en la queja permanente. Más allá de aquellas personas que sufren situaciones graves socio-económicas -y cuya queja pueda ser perfectamente jusitificable- parece que lo cool ahora es enumerar como un rosario la lista de consecuencias no deseadas del éxito de Barcelona: demasiados turistas, precio del alquiler demasiado alto o falta de acceso a él, privatización del espacio público, tematización de la ciudad, gentrificación por doquier expulsando a las clases populares, pérdida de soberanía ciudadana, pérdida del comercio local y una larga lista de contrariedades. Hay quien expresa su hartazgo ante la presencia de tanto turista y hay quien lo relaciona con la mercantilización de todo lo que nos rodea. En realidad, dicen otros, todo el proceso de mejora y crecimiento urbanístico es una farsa porque siempre fue dirigido por El capital, y ahora simplemente vemos y sufrimos las consecuencias. Encima, para rizar el rizo, la nueva campaña del ayuntamiento sigue con la misma línea de embellecer la ciudad: “Barcelona, posat’ estupenda” (Barcelona ponte estupenda) que prevé enfatizar la intervención pública en los barrios más degradados como el Turó de la Peira en Nou Barris o el suroeste del Besòs y Baró de Viver.  Quizás siguen con esa voluntad embellecedora porqué son inconscientes que toda intervención física en el territorio para mejorar el espacio público atrae al capital, que la mejora de los servicios y los entornos colectivos atrae al capital; que la mejora de los transportes públicos también lo hace, así como lo hace la rehabilitación de viviendas populares. En definitiva toda política pública que mejore el espacio público incide en el espacio privado provocandola atracción del capital.

Desde esta perspectiva el problema de Barcelona y de la campaña, por lo tanto, parece claro: Barcelona se puso demasiado guapa. Identificado el error solo parece quedar una opción para resolver las incomodidades del éxito, impulsar una nueva campaña: “Barcelona, ponte fea”. El objetivo final sería simple: conseguir volver a esa ciudad sucia, degradada y desigual que teníamos hace tan solo treinta años. ¿Cómo? Con la inestimable colaboración y participación ciudadana. Un proyecto colectivo que para empezar debería dejar de fomentar la limpieza en las calles –entre otras medidas los perros deberían poder volver a defecar donde quisieran, igualmente deberíamos poder dejar la basura en los portales y fumar en metros, autobuses y hospitales-; igualmente debería existir libertad total para que cada cual construya o decore la fachada como quisiera; recuperar terreno para el coche limitando el paso de los peatones a las raquíticas ceras que había antes; igualmente debería evitarse cualquier iniciativa privada que pudiera atraer a turistas internos o internacionales. Por ello debería impedirse a toda costa la finalización de la Sagrada Família y tratar de devolver al Park Güell y a sus alrededores al aspecto auténtico que tenían durante los años 70. Igualmente para conseguir que la campaña fuera un éxito rotundo sería interesante la colaboración del sector privado, por ejemplo convenciendo al F.C.Barcelona que lo mejor para la ciudad sería que bajase a segunda división y que se olvidase de construir un mirador en lo más alto de su estadio. Igualmente sería fundamental conseguir la implicación del Museo Picasso, de la Fundació Miró, y de la Fundació Antoni Tàpies para que fueran discretos en sus políticas de promoción. Por descontado nada de explicar que el cubismo surgió en la calle Avinyó, ni hablar del estudio de Miró en Sant Pere Més Baix ni de los paseos de Dalí por la calle Ferran…Finalmente para terminar sería imprescindible reconstruir los viejos tinglados de la Barceloneta y recuperar así el muelle roñoso, desangelado y solitario de antaño. De seguir estas pautas la campaña sería todo un éxito y en pocos años se conseguiría librarnos de turistas, foráneos y del capital de un plumazo; se conseguiría devolver la ciudad a sus vecinos y vecinas. Es verdad que Barcelona sería una ciudad más sucia, degradada y sin interés para nadie, pero de nuevo sería suya.

 


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