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Sea como respuesta a la crisis, a la oleada de deshaucios, a la subida de los alquileres o a un desempleo alarmante, en los últimos años ha emergido con fuerza la reivindicación de la vivienda como derecho. Y como si fuera el reverso de la misma moneda ha proliferado la idea que la vivienda no es ni debe ser una mercancía. 

Se genera así una desequilibrio evidente entre expectativas y realidad porqué, más allá de lo que cada uno opine al respecto, lo cierto es que en nuestras sociedades la vivienda sí es una mercancía.

Y no solo es que lo afirmen liberales o neoliberales, sinó alguien tan poco sospecho de ello como Friedrich Engels, también lo expone bien claramente cuando argumenta que:

“En la cuestión de la vivienda tenemos dos partes que se contraponen la una a la otra: el inquilino y el arrendador o propietario. El primero quiere comprar al segundo el disfrute temporal de una vivienda (…). Se trata de una sencilla venta de mercancía, y no de una transacción entre un proletario y un burgués, entre un obrero y un capitalista” [1].

Prosigue Engels argumentando que el problema de su escasez es fácilmente resoluble como cualquier otro problema social “por la nivelación económica gradual de la oferta y la demanda” [2].

Claro está que, para Engels, cuando ello no es suficiente bastará con expropiar casas y edificios de grandes tenedores. Aunque recuerda que para hacerlo posible antes el proletariado debe conquistar el poder político. Por ello Engels considera el problema de la vivienda como un tema menor en la medida que distrae del objetivo fundamental. No en vano, es mediante la lucha de clases como el proletariado podrá conquistar el poder político y con ello -entre otras cosas-, podrá garantizar definitivamente el derecho a la vivienda. Por fin, su completa aplicación podrá ejecutarse por decreto, sin que nada ni nadie lo impida, aún cuando ello implique suprimir todo tipo de derechos y libertades civiles y democráticas.

Sin embargo, mientras todo ello no ocurra, en nuestras sociedades la vivienda seguirá siendo una mercancía. Y como tal seguirá sujeta a las leyes de oferta y demanda del mercado (donde inciden aspectos como la ubicación, los servicios, el espacio público, la conectividad o la centralidad) generando desequilibrios que deben poderse considerar.

Pero dicha consideración no debería seguir el camino de crear expectativas que no se puedan cumplir, ni contribuir a difundir un discurso anti-mercantilista o anti-propietarista, sinó más bien debería tratar de partir de la realidad de la vivienda en nuestras sociedades; aceptar su condición mercantil y promover en consecuencia el debate acerca de los parámetros de ese mercado.

Es a partir de aquí que deberán promover consensos sobre cuáles deben ser las relaciones entre propietarios y inquilinos; plantear qué derechos y qué deberes deben tener unos y otros más allá de demonizaciones; plantear qué medidas deben articularse para facilitar el acceso a esa mercancía a quien no tenga los recursos necesarios (alquiler social, parque público de vivienda, jóvenes, gente mayor, etc…) y, muy especialmente, contribuir a buscar acuerdos entre todos los actores implicados para que todos los ciudadanos pueda tener acceso a dicha mercancía en condiciones dignas. Ni más, ni menos.

[1] [2] F.Engels (1976), El problema de la vivienda, Akal, Madrid.

 

 

Roger Sunyer

Roger Sunyer es politólogo (UAB) y Máster en Dirección Pública (ESADE). Impulsó la introducción de la Banca Ética en Catalunya con la fundación de FETS - Finançament Ètic i Solidari. Es consultor de economía social, cooperativa, colaborativa y gestión pública, profesor de la "Nueva economía urbana" a los programas de Ciudad y Urbanismo de la UOC, autor del libroHacia una economía ciudadana y fundador y principal editor de Alambins. Lloc Web | Twitter: @rogersunyer

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