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Turismo masificado

Es una obviedad decir que el turismo se ha masificado: hace poco más de cincuenta años eran pocos los que se podían permitir el lujo de viajar por puro placer. Y aunque es evidente no todos los habitantes de la Tierra son los que viajan es otra obviedad reconocer que son muchos millones más que décadas atrás.

Desde una perspectiva democrática parecería que dicha constatación es una buena notícia, un dato positivo de progreso y mejora tanto en libertad como en igualdad.

Pero ¿Lo es para todos? ¡No! Hay un pequeño grupo de irreductibles que considera ello como algo totalmente pernicioso dado que el turismo masificado genera toda suerte de consecuencias negativas a nuestras ciudades: homogenización cultural, precarización laboral, aumento del precio de los alquileres, contaminación ambiental, mercantilización de la ciudad, turistización y un largo etcétera de agravios que nos abocan a un destino catastrófico.Turismo masificado

Pese a sus esfuerzos por denunciar los efectos perniciosos del turismo –y obviar, claro está los positivos-, que nuestros irreductibles se encargan de propagar en sus incontables viajes por todo el mundo, el turismo no para de crecer.

Y es que el turismo no es sino una de las consecuencias de una globalización que abre nuevos espacios de relaciones económicas, políticas y sociales con evidentes efectos sobre el comportamiento demográfico mundial, las culturas locales o las identidades urbanas.

Además nuestros irreductibles se desesperan cuando se habla de decrecimiento y en realidad solo se expande el turismo, cuando mejoras urbanas en barrios degradados sirven a su vez para aumentar el atractivo turístico, cuando proteger tradiciones y barrios “populares” termina por aumentar aún más el interés foráneo, cuando aumentar las zonas verdes o ampliar los carriles bicis contribuye a atraer a más personas de todo el mundo a vivir en ellas –y al capital correspondiente para acomodarlas. Para desesperación de nuestros irreductibles todo lo que se hace para mejorar la ciudad se convierte en un reclamo más para los turistas.

Por todo ello el irreductible antiturista debería ser más consciente que la idea clave, la que permite y genera el turismo masificado es la libertad de circulación de capitales, mercancías y personas a nivel mundial.

El discurso y la acción anti-turista debería por ello encaminarse hacia la denuncia persistente de la globalización y de todos sus efectos negativos –obviando por supuesto los positivos-, señalando por ejemplo como la globalización genera dumping social, inmigración forzada por motivos económicos y/o bélicos, y provoca una masiva mobilidad voluntaria -sea en forma de turismo o de simples relaciones comerciales.

La demonización de la globalización debería servir a nuestros irreductibles anti-turismo para advertir e ilustrar convenientemente a nuestros conciudadanos que todo forma parte de una trama capitalista que contribuye a horadar poco a poco -pero cada vez más rápido- nuestras queridas estructuras sociales tradicionales.

Y es que nuestros irreductibles anti-turismo deberían ser más conscientes que solo aplicando la racionalidad en el ámbito socio-económico-político de la interacción humana, con un Estado racional, una administración pública como potencia ordenadora y creadora, podrán conseguir un mundo sin turistas.

Por ello nuestros irreductibles anti-turismo deberían recuperar cuanto antes al famoso filósofo romántico alemán Fichte y su Estado comercial cerrado¹, donde ya en 1800, quizás excitado aún por la efervescencia revolucionaria popular, proponía que: “la influencia incontrolable del extranjero debe ser excluída; y el Estado racional es un Estado comercial cerrado, lo mismo que es un reino cerrado de leyes e individuos”.

El Estado comercial cerrado de Fichte aplicado a nuestros días podría terminar de un plumazo con el comercio internacional, con la inmigración, con la globalización económica y demográfica, el dumping social y con todos los efectos negativos del turismo masivo: “el punto esencial del tránsito de todos los sistemas políticos actuales (…) al sistema, según nuestra opinión, únicamente verdadero y exigido por la razón, consiste en que el Estado se cierre completamente a todo intercambio con los países extranjeros, y de ahora en adelante forme un cuerpo comercial separado, lo mismo que hasta el momento ya ha formado un cuerpo jurídico y político separado”.

Al fin y al cabo para nuestros irreductibles anti-turismo, el turismo masificado que invade nuestras ciudades es un ataque a nuestra soberanía económica, a la soberanía económica del Estado, a la soberanía nacional, a la soberanía urbana, la de los ciudadanos o directamente a la soberanía de los que son de aquí de toda la vida.

El mantenimiento de la soberanía de los de aquí frente a los de fuera o los de allí, solo será posible por lo tanto cerrándose a toda relación externa. Fichte lo tiene claro: la única clausura cuyo carácter es imperativo debe darse en el plano comercial y espacial, puesto que sin clausura comercial y cierre permanente de las fronteras naturales no puede existir plena soberanía y autodeterminación del Estado moderno.

Una vez conseguido el cierre comercio la soberanía nacional ya será plena: “Es evidente que en una nación tan cerrada, cuyos miembros conviven solamente consigo mismos y muy pocos con extranjeros; en una nación que conserva mediante aquellas medidas su forma de vida particular, sus instituciones y costumbres; en una nación que ama profundamente su patria y todo lo nacional: muy pronto surgirá un alto grado de honor nacional y un carácter nacional muy peculiar”.Turismo masificado

Nuestros irreductibles anti-turismo deberían tener bien presente sus coincidencias con Fichte quien ya expresó en su momento que la “ociosa curiosidad” no puede ser libre. Y es que Fichte como nuestros irreductibles anti-turismo, no era nada proclive al turismo ocioso.

Pero y ¿Entonces? Dado que a nuestros irreductibles anti-turismo les suele gustar mucho viajar ¿Como lo harían en un Estado comercial cerrado o en una ciudad cerrada al turismo? !Tranquilos! Fichte también da respuesta a esa necesidad: “El derecho a viajar por fuera de un Estado comercial cerrado está reservado para los intelectuales y para los técnicos de rango superior; ya no se permitirá a la ociosa curiosidad ni al afán de diversión llevar de un lado para otro su aburrimiento por todos los países”.

En el sentido de estimular la interacción intelectual y cultural con otros pueblos, Fichte considera necesario que el Estado estimule el derecho a viajar entre los intelectuales y ciertos técnicos de rango superior. Este intercambio no se considera solamente saludable, sino que además es muy necesario por cuanto estos intercambios redundan, según Fichte, en beneficio para la humanidad entera.

Nuestros irreductibles anti-turismo deberán por lo tanto seguir viajando para poder contribuir al bien común y explicar por ejemplo las bondades de un Estado comercial cerrado o la necesidad que el Estado provea a cada cual según sus necesidades o la importancia de cerrarse al capital global. Pero muy especialmente, para tratar de convencer a todo el mundo que más que el derecho de viajar y al turismo deben asumir el deber de no viajar, de no contribuir al turismo masificado que tantas funestas consecuencias nos genera.

Gracias a una ciudad cerrada al turismo conseguiremos un mundo sin turistas, donde solo viajaran ellos y, eso sí, también las elites económicas, culturales y sociales que nunca renunciaron a viajar y a hacer turismo.

 

 

¹ Fichte, J.G., (1991)  El Estado comercial cerrado. Tecnos: Madrid.

Roger Sunyer

Roger Sunyer es politólogo (UAB) y Máster en Dirección Pública (ESADE). Impulsó la introducción de la Banca Ética en Catalunya con la fundación de FETS - Finançament Ètic i Solidari. Es consultor de economía social, cooperativa, colaborativa y gestión pública, profesor de la "Nueva economía urbana" a los programas de Ciudad y Urbanismo de la UOC, autor del libroHacia una economía ciudadana y fundador y principal editor de Alambins. Lloc Web | Twitter: @rogersunyer

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