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Pasados ya algunos días desde la segunda vuelta de las elecciones presidenciales francesas de 2017, la perplejidad creada ante de la equidistancia mostrada por cierta izquierda “revolucionaria” ante el dilema de recomendar el voto a Le Pen o Macron sigue bien presente.

Finalmente el resultado de las elecciones reflejó una aparente apuesta por un cierto reformismo tranquilo –pese al escaso apoyo del 43% sobre el conjunto de inscritos-, gracias en parte al apoyo que Macron recibió de casi todas las fuerzas que no superaron la primera vuelta decididas a frenar como fuera el ascenso del Frente Nacional de Le Pen.

Conseguido el objetivo dichas formaciones deberán ahora redoblar sus esfuerzos para conseguir visualizar su identidad política asociada al cambio que está esperando una mayoría de ciudadanos. Será sin duda un ejercicio complicado puesto que en un entorno social y económico crítico, los matices no cotizan tanto al alza como lo hacen las proclamaciones altisonantes, los discursos apasionados destinados a hacer creer que todo cambiará de un plumazo, sólo con voluntad política.

Sin embargo no todas las fuerzas se mostraron abiertamente contrarias a Le Pen.

Como es sabido la izquierda “revolucionaria” de Melenchon expresó claramente su equidistancia respecto al supuesto dilema Le Pen/Macron, en base fundamentalmente a la idea que sencillamente el dilema no existe porqué si a la primera se la puede asociar con el filofascismo al segundo se le puede considerar un fiel representante de los intereses del Capital.

Es de suponer que el filo-capitalismo de Macron se detecta cuando defiende la meritocracia “En Francia, la República nació de la abolición de los privilegios. Pero todavía son muy numerosos. Nuestro país pretende ser la patria de la igualdad. Pero el favoritismo distorsiona a menudo las cosas. Los privilegios bloquean nuestra sociedad. El reconocimiento no siempre llega a aquellos que hacen los esfuerzos. Esto debe cambiar”.

O cuando manifiesta la voluntad de estimular la iniciativa privada “Nuestro país no siempre ha valorado el éxito: aquellos que progresan suscitan una cierta forma de envidia o sospecha. (…) Nosotros tenemos la necesidad de que nuestros ciudadanos se lancen, tomen iniciativas, incluso les ayudemos a recuperarse si fallan. Es necesario que parte de nuestros conciudadanos tengan éxito, creen actividad y empleo. Es por eso por lo que queremos impulsar el trabajo y el espíritu de empresa”

Discurso que trata de combinar con el de la seguridad y la protección “No somos ingenuos. Sabemos bien que en la vida no se consigue nada por nada y que todo progreso, personal o colectivo, depende de ese esfuerzo que llamamos trabajo (…) En este mundo nuevo, cada uno debe encontrar su lugar. Y Francia tendrá el suyo si sabe liberar las iniciativas y al mismo tiempo proteger a las personas”.

O cuando expresa su posicionamiento claramente europeísta “Orgullosos de ser franceses. Todos nosotros tenemos en común nuestra lengua, nuestro primer tesoro común a la vez que nuestra base y nuestro faro: es lo que nos conforma y lo que nos distingue, enriquecida también por la vitalidad de las numerosas y bellas lenguas regionales. Tenemos que ir más lejos. Renovar el patriotismo sin renunciar a nuestras múltiples historias y a nuestro proyecto europeo común. Para restaurar el brillo de Francia hay que restaurar la confianza de los franceses. Vengan de donde vengan. Vivan donde vivan. Sean quienes sean. Y confiar en ellos es darles el poder para hacer, para actuar”.

Le Pen en contraposición se presenta como agente del cambio aunque o pese a que en un acto celebrado en Lyon en el año 2010, comparase las oraciones colectivas de los musulmanes en las calles con la ocupación nazi asegurando que se trataba de una “ocupación en toda regla” aunque sin “soldados” o “blindados”.  

Su vocación proteccionista queda patente con frases del tipo voy a restablecer las fronteras en Francia. Será mi mensaje al mundo. Si gano, será el fin del Euro y seremos más fuertes”. O “La división ya no es entre izquierda y derecha, sino entre patriotas y globalistas”. Su vocación manifiestamente anti-europeista se combina con un llamamiento a retomar el control del propio destino “no me puedo imaginar una política económica sin un control total sobre nuestro propio dinero”.

Y es que Le Pen combate tanto la globalización como el liberalismo: “Para la teología liberal, el Espíritu Santo es la mano invisible que, a partir de una masa de comportamientos individuales egoístas, construirá una felicidad colectiva conforme a la Ciencia y mejor aún, al Orden Natural.” Y por si no hubiera quedado clara su lucha nacional frente a lo global insiste en que “El ultraliberalismo no es más que la ideología de una clase dominante internacional globalizada”.

Si bien el discurso xenófobo la aleja obviamente del discurso de la izquierda “revolucionaria”, su radical crítica al liberalismo, a la globalización y al dominio de los grandes oligopolios la acerca extrañamente a cierto discurso “revolucionario”. No en vano tanto para Le Pen como para cierta izquierda “revolucionaria”, Macron representa el candidato del sistema, de la oligarquía, de los bancos, se trata de un liberal neo-liberal capitalista.

¿Porqué optó la izquierda “revolucionaria” por la equidistancia? ¿Porqué no seguió los pasos de Zizek, referente intelectual de la izquierda “revolucionaria” cuando manifestó que prefería un triunfo de Trump contra Clinton? ¿Porqué, de acuerdo con su lógica de cuanto peor mejor, no se atrevió la izquierda “revolucionaria” a pedir el voto para Le Pen? ¿O es que quizás Macron sea considerado peor que Le Pen? 

Sin duda pocos desde la izquierda “revolucionaria” se atreverían a pedir el voto per Le Pen. Solo un fascista de juventud, ex-secretario general de Alianza Popular (en el momento de la ex Ministro de Franco Manuel Fraga) y actual referente intelectual de Podemos, como Jorge Verstrynge se erige entre los pocos “revolucionarios” suficientemente desacomplejados como para apreciar abiertamente las bondades de Le Pen -prefieréndolas a las de Macron. Bondades entre las cuales debe estar la fraternal conexión con el Pueblo, que la debe hacer por la tanto mucho más cercana a cierta izquierda “revolucionaria” obstinada en priorizar sea como sea el Pueblo antes que el Capital.  

Quizás ello explique porqué el Frente Nacional de Marine Le Pen arrasa allí donde antes lo hacía el Partido Comunista francés, fiel antecesor de la izquierda “revolucionaria” actual. Hoy el Frente Nacional es tan fuerte en el “mundo obrero” como lo fue el Partido Comunista francés en sus mejores años. En realidad ya lo está superando, si hoy Marine Le Pen ronda el 40% de intención de voto en este colectivo, Jacquese Duclos, candidato del PCF a las elecciones presidenciales de 1969, no sobrepasaba el 33%.

El problema pues para la izquierda “revolucionaria” es que en su carrera para erigirse como el agente de cambio “revolucionario” va por delante Le Pen, quien además de poder prometer todo tipo de mejoras sociales y económicas de un plumazo, culpabilizando de todos los males a la UE o al Capital, siempre podrá explotar por su propio interés la siempre eficaz culpabilización al extranjero, al que viene de fuera, el que no és de aquí.

Quizás por ello sea oportuno recordar a Norberto Bobbio quien en 1992 ya advertía que “la contraposición entre libertarios y autoritarios ya no sirve para distinguir a la izquierda de la derecha sino en el ámbito tanto de la derecha como de la izquierda; el ala moderada, de la extremista; la izquierda democrática y la derecha democrática, de la izquierda revolucionaria y de la derecha montaraz”.

Roger Sunyer

Roger Sunyer es politólogo (UAB) y Máster en Dirección Pública (ESADE). Impulsó la introducción de la Banca Ética en Catalunya con la fundación de FETS - Finançament Ètic i Solidari. Es consultor de economía social, cooperativa, colaborativa y gestión pública, profesor de la "Nueva economía urbana" a los programas de Ciudad y Urbanismo de la UOC, autor del libroHacia una economía ciudadana y fundador y principal editor de Alambins. Lloc Web | Twitter: @rogersunyer

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