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No seré yo quien haga una defensa ciega del capitalismo. Sin duda este tiene luces y sombras. Por un lado es incuestionable que su aparición supuso el principio del fin de un sistema de castas donde la movilidad social era inexistente: si nacías campesino, campesino morías, si eras noble noble morías.

De acuerdo con Antonio Escohotado, con suerte y tenacidad el capitalismo ofrecía una posilidad de movilidad social que aunque fuera mínima era algo revolucionario respecto al régimen anterior. Por otro lado también es incuestionable que el libre comercio a menudo ha sido más un mito más que una realidad dado que el capitalismo corporativo se instaló desde buen principio, imponiendo sus intereses no a partir del ingenio empresarial si no mediante posiciones politicas y militares de proteccionismo y dominación.

Sea como fuere el capitalismo es el sistema económico del presente y en consecuencia parece razonable pensar que es desde ahí donde deben tratar de abordarse la infinidad de retos sociales, económicos y políticos que cualquier sociedad que quiere considerarse civilizada debe plantearse: la extinción de los conflictos armados, de la pobreza extrema, del cambio climático o del excesivo poder corporativo respecto al sistema político democrático.

Sin embargo no todo el mundo considera que ello deba ser así. Subsiste un pequeño reducto de incorruptibles que resisten al embate capitalista. Aunque viajen como el que más, aunque usen Google, Apple, Microsoft o lleven tejanos, dichos incorruptibles consideran que la causa de todos los males sociales, económicos y políticos reside en el capitalismo de modo que, en buena lógica lo que hay que hacer es simple y llanamente destruirlo. Y es que para el anticapitalista destructor el capitalismo no es más que un sistema económico dictatorial que destruye vidas con un poder concentrado en sus clases dominantes afanadas en proteger sus intereses y defender el status quo.

El sistema capitalista no tiene remedio y, por lo tanto, solo queda aplastarlo. Para el anticapistalista destructor cualquier intento para humanizar el capitalismo ha fracasado y fracasará. Si bien puede aceptar a regañadientes que se consigan pequeñas reformas que mejoran la vida de las personas, con agilidad y rapidez suele recurrir a Simone de Beauvoir para repetir solemnemente aquello de que “el opresor no sería tan fuerte si no tuviese cómplices entre los propios oprimidos”.

En otras palabras, si el sistema bien puede ofrecer algunas mejoras éstas siempre seran frágiles y vulnerables a los ataques, fácilmente reversibles por el poder real porque en realidad solo son una fachada de legitimación al sistema opresor capitalista que hay -insisten- que destruir.

Y para hacerlo también hay que destruir previamente la idea según la cual el capitalismo se puede convertir en un orden social benigno, en el que la gente común puede vivir una vida plena, incluso con sentido, más allá de limitarse a tener hijos (sin considerarse proletarios, de prole, los que -solo- tienen hijos porque el sistema no les permite hacer nada más…). Si así lo siente es que no están en su sano juicio, sin duda es una ilusión.Capitalismo

La pregunta obvia que uno puede plantearse es “De acuerdo, pero ¿como se destruye?” Si la pregunta se hace a un anticapitalista destructor suele dar paso a una cierta pausa dramática que anticipa un largo discurso que, para agilizar, se puede sintetizar de la siguiente manera: “Se trataría de tener un apoyo mayoritario en todo el mundo que permitiese disponer del poder suficiente para destruir y reemplazarlo por una alternativa mejor”.

En definitiva se trata de actuar como cuando uno sufre un pinchazo de una rueda, se sustituye por la buena y !a rodar! Como la explicación no parece muy convincente ni se ven claramente los plazos ni la operativa concreta, no hay más remedio que recurrir entonces a la teoría comunista revolucionaria, inspirada en Marx, Lenin y Gramsci entre otros: “se trataría de aprovechar un contexto de disrupciones y crisis del propio sistema”.

Dado que el sistema capitalista está a punto de expirar, de desaparecer y de colapsar se proporciona un contexto oportuno para que un partido revolucionario pueda conducir una movilización de masas a tomar el poder del Estado, ya sea a través de elecciones preferiblemente pero si no puede ser, !pues nada! a través de un derrocamiento violento del régimen existente. Una vez tomado el control del Estado, se trata de ponerse manos a la obra, canviar de arriba a abajo “el Estado en sí para que sea un arma adecuada de transformación comunista -usando convenientemente ese poder para reprimir convenientemente a la oposición de las clases dominantes y sus aliados-, desmantelar las estructuras fundamentales del capitalismo y construir las instituciones necesarias para un sistema económico alternativo”.

Es sabido como en el siglo XX varias versiones de esta idea impulsaron tanto la imaginación como la acción revolucionaria en todo el mundo. El marxismo revolucionario aportó la energía necesaria a la lucha de clases, de modo que más allá de condenar y denunciar las malas prácticas del sistema imperante, se plateaba un escenario en principio plausible de cómo podría realizarse una alternativa realmente emancipadora.

Más allá de frenar y sustituir en algunos casos a sistemas corruptos, dictatoriales, abusivos e impresentables -hecho sin duda meritorio-, parece evidente que a medio-largo plazo los resultados de esas revoluciones no dieron paso sin embargo a la consolidación de alternativas suficientemente igualitarias, emancipadoras y aún menos, democráticas, dignas de ser alternativas al capitalismo.

Las revoluciones realizadas en nombre del socialismo y del comunismo si bien demostraron que era posible acabar con las viejas instituciones capitalistas no parece que consiguió demostrar que las nuevas instituciones creadas fueran mejores. Obviamente puede debatirse acerca de los impedimentos para que lo fueran, las presiones, los bloqueos, pero el hecho es que no lo fueron. Y una vez constatado que lo nuevo no era sinónimo automático de mejor quedó patente las diferencias entre destruir y construir, entre denunciar malas prácticas y construir buenas prácticas, entre denunciar la realidad y crear otra realidad mejor, la distinción en imaginar un mundo mejor y hacerlo práctico y real.

Quizás por ello parte del comunismo revolucionario notálgico abandonó discreta y paulatinamente la reivindicación explícita del comunismo, y quizás por ello ahora algunos de ellos viven refugiados y como escondidos bajo el paraguas del anticapitalismo, un movimiento a menudo limitado exclusivamente a la denuncia de los efectos negativos del capitalismo, un movimiento protesta -por otro lado con denuncias compartidas a menudo por amplios sectores del espectro político, como son la corrupción, el dominio monopolístico o el proteccionismo corporativo- que pese al sentido de parte de sus quejas tiene serias dificultades para crear, y expandir alternativas operativas, escalables y masificadas. Quizás algunos nostálgicos del comunismo descubrieron que se vive mejor culpando al capitalismo de todos los males y que el anticapitalismo no exige necesariamente coherencia con el objetivo comunista. Quizás más de uno incluso descubrió que el anticapitalismo puede ser también un provechoso nicho de mercado, pudiendo incluso vivir de ello, viajando y vendiendo libros por todo el mundo.

Amazon está repleto de ellos. ¿Conoces alguno de ellos?

 

 

 

Roger Sunyer

Roger Sunyer es politólogo (UAB) y Máster en Dirección Pública (ESADE). Impulsó la introducción de la Banca Ética en Catalunya con la fundación de FETS - Finançament Ètic i Solidari. Es consultor de economía social, cooperativa, colaborativa y gestión pública, profesor de la "Nueva economía urbana" a los programas de Ciudad y Urbanismo de la UOC, autor del libroHacia una economía ciudadana y fundador y principal editor de Alambins. Lloc Web | Twitter: @rogersunyer

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