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Populismo

Ilustración: Xavier Pueyo ©

El término populista proviene del latín populus que significa “pueblo”, aunque como es sabido en la actualidad se emplea más bien como adjetivo político para designar más bien despectivamente propuestas políticas de todo tipo, incluso de opciones aparentemente antagónicas. Sea cual sea su versión lo populista suele tener un patrón muy claro: el culto a la personalidad del líder -o de la líder-, el culto a una persona en concreto que -casi dotada de súperpoderes- será la que lo cambiará todo.

La individualización del liderazgo en una sola persona puede ir paradójicamente acompañada de llamadas constantes a la democracia y a la participación del Pueblo, de la gente, de los ciudadanos. Para ello se suele recurrir a la emotividad, al uso de un lenguaje vacío o inconcreto y todo lo que haga falta para mantener en la medida de lo posible la imagen de cambio, de transparencia, de pureza ideológica que permitan asociar todos los atributos del cambio en el gran líder.

En este proceso de sacralización de la figura del líder éste acaba siendo la propia fuente de legitimación de todo: el que define directa o indirectamente lo que es bueno; el que establece lo qué es participativo y lo qué no lo es; el que distingue lo que es progresista de lo que no lo es; lo que es neoliberal de lo que no; lo que es democrático y lo que no y así en hasta un largo etcétera.

El líder populista necesita que los ciudadanos externalicen su compromiso cívico en él -o ella-, el superhéroe que lo resolverá todo. El líder populista necesita gente con una autoestima baja o muy baja, un ejército de depauperados a ser posible que hagan de él un auténtico salvador. Para el líder populista cuanto peor esté la gente, mejor -aunque lógicamente no pueda confesarlo. Por eso actúa mejor y con más comodidad entre el precariado, entre todas aquellas personas que sufren directamente los estragos de un período de crisis, sea ésta económica, social, política o de todas ellas simultáneamente. 

En sus distintas versiones el líder populista suele adoptar un discurso -aparentemente- aversivo contra las élites (económicas, políticas o intelectuales en función de los casos), promueve el rechazo a los partidos existentes (culpables de todos los males y de ningún beneficio), denuncia una corrupción sistémica de las instituciones y apela constantemente al Pueblo como fuente legítima del poder -y él o ella, claro está, como su legítimo representante único.Populismo

El líder populista se siente cómodo en una división del espectro político basada una mayoría excluída -los de abajo, el pueblo, los ciudadanos- y una minoría privilegiada, -los de arriba, la élite, la oligarquía, los corruptos, los ricos, los de siempre o los de antes. El líder populista suele ser muy pedagógico y por ello piensa que es útil simplificar el panorama político entre “nosotros el pueblo” ante un “ellos-oligarquía”, de modo que cualquiera pueda distinguir los buenos de los malos.

En un contexto de crisis y/o incertidumbre generalizada el líder populista puede acceder al poder político con relativa facilidad aunque el problema empieza el día después. Una vez instalado en el gobierno el líder populista suele sufrir una situación de bloqueo de muchas de las acciones previamente promesas porque choca con una realidad que no se puede cambiar de la noche a la mañana. Es entonces cuando comienza la gestión de los hechos que siempre suelen ser menos ampulosos, más escasos y mucho menos movilizadores que las grandes proclamaciones. Empieza la fase de matizar su discurso y  la energía inicial queda frenada.

Al líder populista, una vez al frente de un inmenso aparato de gestión pública del que es responsable ante los ciudadanos, ya no le sirve el esquema de los de arriba versus los de abajo, las élites versus los pobres, sencillamente porque la realidad es mucho más compleja, mucho más gradual y los intereses de sectores sociales, económicos y políticos suelen no ser  coincidentes y con múltiples variables que debe considerarse. El líder populista ahora pide tiempo, calma, capacidad de reflexión. La complejidad de los hechos -y su directa responsabilidad en la gestión- ya no le permite crear grandes expectativas.

Ahora necesita pacto, negociación, ceder y aún así tratar de avanzar. Ya no requiere grandes discursos ni despertar demasiadas emociones. Más bien necesita comprensión. La colisión pues entre las expectativas creadas a los ciudadanos y las dificultades para emprender cambios reales con resultados tangibles está servida y por eso se suele pedir entonces el debate, la calma y la paciencia que previamente no se había querido conceder a los que gobernaban con anterioridad. Cuando ello no sea suficiente el líder populista tratará de crear otro gran y gigantesco enemigo a batir de modo que su imagen vuelva a ser la del resistente bondadoso atrapado en un mundo de corrupción y maldad.

Sea como sea la presencia del líder populista no ha cambiado de un plumazo la realidad tal y como había hecho creer. La realidad política, social y económica es demasiado compleja y por ello demasiado importante para dejarla en manos de un líder populista. Tampoco parece razonable depender de soluciones perfectas y eternas.  Nada es perfecto

Básicamente porque la sociedad es un cuerpo vivo en evolución constante, como nosotros mismos. Como mínimo desde Billy Wilder sabemos que nada es perfecto. Por ello cuanto más democrática, cuanto haya más ciudadanos autosuficentes económicamente, social y culturalmente, más liberada estará esa sociedad de tener que recurrir a un líder populista. 

La gran paradoja del líder populista es que su peor enemigo no son ni las élites ni las grandes corporaciones ni incluso la corrupción sistémica sino los ciudadanos empoderados: aquellos que de verdad aseguran el cambio continuo en el poder institucionalizado, la democratización de la creación de riqueza o el permanente control en las tentaciones unidireccionales típica del líder populista de turno.

Visto lo visto, ¿Qué prefieres, un líder populista o una sociedad de ciudadanos empoderados? 

Roger Sunyer

Roger Sunyer es politólogo (UAB) y Máster en Dirección Pública (ESADE). Impulsó la introducción de la Banca Ética en Catalunya con la fundación de FETS - Finançament Ètic i Solidari. Es consultor de economía social, cooperativa, colaborativa y gestión pública, profesor de la "Nueva economía urbana" a los programas de Ciudad y Urbanismo de la UOC, autor del libroHacia una economía ciudadana y fundador y principal editor de Alambins. Lloc Web | Twitter: @rogersunyer

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